ODIABA

Texto de Juan Hernández                                Fotografía Fernando Martínez

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Odiaba cada despertar. Odiaba tener que salir a la calle y fingir una estúpida sonrisa en mi rostro, cuando no había motivos para sonreír. Lo que más detestaba era el 14 de febrero o la Navidad, donde las parejas salían a la calle sin darse cuenta qué detrás de cada caricia había miles de infidelidades. En fin, odiaba todo lo que tenía que ver con el amor, estaba peleado con la alegría.

Odiaba esa rutina, pero era eso o mostrar lo realmente frágil que me había convertido. Tal vez no lo hacía por temor, porque ella me arruinó mi vida por completo y no quería un lamento más. Si, tal como lo escucharon, a mí me arruinaron la vida. Yo también llegué a enamorarme y ser una de las personas más felices, al menos pensaba esos días, pero después de eso siempre sigue una traición.

Mi ex novia me engañó con tres hombres al mismo tiempo, entonces no se atrevan a cuestionar por qué detesto todo esto. Con el paso del tiempo te das cuenta de que así son las personas, y que no existen esos cuentos de hadas que se muestran en las películas. La vida no es color de rosa, eso es una utopía.

En fin, aun me quedaba toda una vida por delante y más allá de mis emociones, tenía que trabajar para comer. Eso sí era real y más importante que cualquier fantasía. Tenía 22 años y debía de ver por mí mismo.

Todo comenzó un lunes. Después de una jornada laboral, me encontré a una mujer que hábilmente quería seducirme, sin embargo, no sabía que yo no caía en esos juegos. Era una chava como de 20 años aproximadamente. Traía puesto un vestido rojo a la altura de las rodillas, era de tez blanca, cabello negro y ojos verdes. A simple vista lucía muy atractiva, y su estatura de 1.63 la hacía una mujer muy tierna. Tenía un lunar cerca de boca, lo que la hacía única y resaltaba su belleza cada que se mordía los labios.

Al parecer mi combinación de traje negro, camisa blanca y corbata roja la había atraído. Yo medía cinco centímetros más que ella, así que lucíamos muy similares, con la diferencia que yo era de tez morena.

Hábilmente como cualquier mujer se me acercó para que cayera en sus juegos, pero yo ya estaba preparado.

– Hola, ¿cómo te llamas? – me preguntó mientras sonreía y se le marcaban los hoyuelos en sus rojizas mejillas.

– Santiago – le contesté de forma cortante mirándola a los ojos, con ese porte y elegancia que me caracterizaba.

– Mucho gusto Santiago, me llamó Michelle- me dijo mientras agachaba su bello rostro y se ponía cada vez más roja

Michelle se puso un poco nerviosa al ver que trataba de alejarme de ella, pero insistía.

– ¿Me podrías pasar tu número para vernos algún día? – preguntó tartamudeando.

– Sí, anota. 6892692812- le dije en tono cortante.

Ella se puso más roja que el color de su vestido y se marchó. Yo me fui a mi casa como cualquier otro día, fingiendo una sonrisa que no se me apetecía tener, pero una vida amargada y aburrida por dentro.

Después de llegar a mi casa y jugar con mi celular, me llegó un mensaje de Michelle, explicando que quería salir conmigo esa noche, así que me cambié de ropa y me fui con ella. La cita fue más común y corriente que nada, yo lo único que quería era regresarme a dormir.

Seguimos saliendo así durante dos meses, y aunque me dolía aceptarlo ahora no me costaba tanto trabajo fingir una sonrisa. Empezaba a despertar con más entusiasmo y quería pasar más tiempo con ella. Todo iba tan bien hasta que…

-Santiago, tengo que decirte algo- me dijo nerviosa, pero con esa sonrisa de oreja a oreja que la caracterizaba y esos hoyuelos tan marcados que eran capaces de cautivar a cualquier hombre.

Yo no tenía ni la menor idea de lo que me quería decir, pero prefería no escucharlo.

-Me gustas, me enamoré de ti desde que te vi- confesó liberando todo lo que sentía, mirándome a los ojos al bordo del llanto.

Cuando todo iba tan bien tuvo que decir estas tonterías. Así que fiel a mi estilo me alejé y la dejé sola. No quería una relación, yo estaba en contra de etiquetar las relaciones y darle esas nociones humanas que nada tenían que ver con la animalidad de la pasión, no quería volver a caer en esos juegos. No quería exponerme de nuevo.

Volví a ser el de antes. Ahora odiaba todavía más cada día de la semana, el mostrar una cara que no era la mía y ocultar todo lo que realmente sentía.

Tardé seis meses para volver a ver a Michelle, pero ahora en manos de otro hombre. Cuando la vi sentí un bajón horrible, me quise hacer más fuerte, pero ni así pude contener las lágrimas de dolor. Ella se había convertido en algo muy importante para mí, pero por mi pasado y por mi miedo de una decepción más se me fue de las manos.

Esa misma noche le marqué llorando, y antes de dejarla hablar le expliqué todo. Cuando terminé mi sermón me colgó inmediatamente. Supongo que era venganza de su parte, yo hubiera hecho lo mismo. O a lo mejor su novio había contestado, al fin de cuentas no sabía lo que había pasado.

Ya no supe nunca más de ella, lo único que les puedo decir es que aún sigo odiando cada día de esta vida.

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