Ceguera

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Fotografía Ruben Camarillo

Por: Micho Cuevas

Despertar jamás fue tan difícil. Abrir los ojos y ver esas cuatro paredes que me tienen cautivo, estos muros que cada día aprietan más, agotando todo el oxígeno del lugar. ¿Qué hago aquí? No lo sé, en algún momento creí saberlo pero ahora todo es tan incierto que cualquier idea podría ser ficticia. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Tampoco podría decirlo, en este lugar el tiempo pierde su forma lineal, su sentido. Aquí adquiere propiedades de otros mundos, imposibles de describir, muy parecidas a las de los sueños. Los días se fusionan en uno mismo. Hay un pequeño y grandioso detalle que delata lo contrario, algo que distingue al día de la noche: una grieta que se abre paso recorriendo el techo, en ella se centran mis días y mis noches.

En el día, veo los diferentes tonos de luz que se logran filtrar a través de ella, la miro fijamente para ver las luces amarillas, rojas y azules que luchan por entrar. Cada una de ellas representa un paisaje diferente en mi cabeza, paisajes que he logrado reconstruir gracias a mis vagos recuerdos. En éstos, me sumerjo por periodos que aparentan ser interminables, logro transportarme, salir de este encierro. En otras ocasiones, me gusta mirar al haz de frente, de forma que proyecta una cortina de luz en la cual flotan pequeñas partículas de polvo. Intento contarlas y ver cómo aparecen y desaparecen por esa pantalla que les brinda unos segundo de vida.

Otro de los placeres que tengo es sentir el discreto roce de calor a lo largo de mi cuerpo, esperar a que el débil rayo de sol caliente una pequeña parte de mí y luego intento recrear la misma sensación en todo mi cuerpo, recrear el calor que irradiaba a todas mis extremidades por igual. Ese calor que poco a poco quita la parálisis de los dedos, el que ayuda a sentir la nariz nuevamente, ese que de una vez por todas, libera del temblor interno de los huesos. Aquel calor que no quema, sino que abriga como una liviana cobija y cubre hasta el último rincón de tu cuerpo.

Termina el día y llega la noche, la fría noche, llena de misterio y oscuridad. Mi haz desaparece, se funde en la sombra y el mundo que conozco se apaga. No hay nada para recrear y poco que quiera imaginar. Me resguardo en un rincón del cuarto, siempre es el mismo; ahí dejo de pensar, dormir es mi mejor opción. Los sueños me transportan a un escenario donde la oscuridad no existe, hay una inagotable fuente de luz que  me muestra en una pantalla cambiante el mundo que apenas recuerdo.

No poder conciliar el sueño significa quedarme en un limbo, en el mundo de lo incierto, donde todo forma parte de la nada, donde un lugar puede ser miles y ninguno a la vez. Los recuerdos se mezclan formando ilusiones grotescas y sin sentido alguno, el cuarto se convierte en un lugar sin una guía, sin orden, un lugar sin luz. Pasar una noche como esas, parecería una experiencia insuperable para cualquiera, pero no todas son así; por cada determinado número de noches oscuras, llega una que me ofrece el más maravilloso de los espectáculos. Decir que los sueños se acercan a esta experiencia, sería mentir.

En estas noches, en cuanto la luz del día se va, inmediatamente es suplantada por otra, por un resplandor blanco que permite desenmascarar todos los misterios de la noche. Ilumina el cuarto entero y refleja millones de puntos brillantes que dan vida a lo que estaba muerto, quita la incertidumbre de las penumbras y le da sentido a las incongruencias imaginadas en noches anteriores, aclara el escenario. Logra quitar el terror de la noche, la desnuda de un sólo acto y le da la más bella imagen que podría tener. Pero nada se compara con lo que logro ver a través de la grieta, la razón del espectáculo más grande de todos, la fuente de toda esta maravillosa luz, la  que no lastima los ojos ni quema el cuerpo, la luz sólo está para guiar, para imaginar y para soñar.

(Cuento de Emilio Domínguez Vázquez)

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