Tlaloc Dios de la lluvia en Chilangolandia.

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Texto Armando Enríquez  Vázquez                     Fotografía Ruben Camarillo

Nada más porque nos encanta quejarnos a lo pendejo y culpar a diestra y siniestra. A los habitantes de la Ciudad de México, antiguo lago, se nos olvida ese sencillo hecho. A nuestra conveniencia o por simple y llana ignorancia desconocemos que uno de los dos templos en la cima de la gran pirámide de Tenochtitlan estaba dedicado a Tlaloc, Dios de la lluvía. El agua rodeaba la capital del Imperio Mexica y daba vida al valle y la misma ciudad, la lluvia era de capital importancia para el imperio mesoamericano.

Se nos olvida, porque nadie lo cuenta, o porque nuestra memoria se ha deformado a golpe perezoso de pensar que la manera de llegar al Centro de la Ciudad desde Xochimilco o desde Tlalpan se ha realizado siempre a través de calles de tierra, adoquín o asfalto, a pesar de las cuatro enormes calzadas que conectaban a la Ciudad con las orillas del lago, existían otras formas de llegar a la Tenochtitlan y recorrer sus canales. Hay quienes hoy piensan que las canoas y trajineras son sólo para turistas y adolescentes borrachos, sin saber o recordar que el mismo Cortés utilizó bergantines en el asedio final de la Ciudad. Nos negamos el hecho de que la cuenca del Valle de México albergó durante milenios un lago. Un enorme lago, que a principios del siglo XX aún se podía navegar si se deseaba ir de la capital a Chalco o Texcoco. Un enorme lago que se subdividía en otros cinco: Xaltocan, Texcoco, Zumpango, Xochimilco y Chalco. Ignoramos o no queremos aprender y saber que antes de que los tamales fueran de pollo o de puerco, iban rellenos de los peces que habitaban ese lago.

Y si no lo sabias, ahora después de leer los párrafos anteriores no lo debes olvidar. Como tampoco debes ignorar que la capital de la colonia española vivió bajo el agua a lo largo de cinco años a partir de 1629, cuando Tlaloc decidió que la ciudad le pertenecía. De igual forma sucedió en la Ciudad desde la que gobernaba México el dictador Porfirio Díaz, a pesar de que diez años antes el general había inaugurado el Gran Canal, abriendo las compuertas del Drenaje General de la Cuenca de México. Cuenta mi madre que por allá de los años cuarenta del siglo pasado había personas que por una módica suma te cruzaban a lomos de humano las calles inundadas del Centro de la Ciudad en tiempos de lluvias. La portada de la novela de Fabrizio Mejía Madrid Hombre al agua, muestra a dos adolescentes esquiando de manera divertida agarrados de la defensa de un auto en los años sesenta en plena avenida Presidente Masaryk, en Polanco. Las imágenes de camionetas y autos a la deriva en los bajo puentes de las vías rápidas son el emúlo moderno de las corrientes que hace siglos arrastraban caballos y a sus monturas bajo sus caudales crecidos por las tormentas.

Cuando el enorme monolito que representa al Dios de la lluvia fue traído a la Ciudad de México, el 16 de abril de 1964, desde el pueblo de San Miguel Coatlinchán en el Estado de México, hasta su actual asentamiento a la entrada del Museo Nacional de Antropología en la Ciudad de México, un trayecto cercano a los 50 kilómetros, llovió durante todo el trayecto del Dios, jamás sobre él siempre a su alrededor, como si de manera poética el dios celebrará su arribo a la otrora Gran Tenochtitlan.

Desde que tengo memoria la ciudad se inunda año con año, mostrando su cualidad acuática. Año tras año Tlaloc regresa a demandar la restitución, aunque sea por unas horas y en algunas zonas del majestuoso lago y ríos que bañaban el Valle de México y que los mexicanos decidieron entubar en aras de crear una monstruosa ciudad donde millones de mexicanos viven en las áreas que fueron lago y año tras año pierden sus bienes naturales, como sacrificio involuntario a frente al ofensa al dios de la lluvia por desecar el lago.

La lluvia baña constantemente, de manera típica la ciudad de México y desde las zonas más altas de las serranías que la rodean bajan miles de litros de agua ríos que ya no vemos correr, porque los gobernantes prefirieron el inmóvil silencio del gris concreto, en lugar de crear una forma de presumir el rumor de esos ríos que corren por Mixcoac, Churbusco, la Colonia Anáhuac.

Ríos, también, como el Magdalena, el Tacubaya, el Ameca o el antiguo Canal de la Viga, nuestra ciudad hecha de agua, no sabe incluir ese elemento primordial en su imagen y por eso Tlaloc cada año nos lo recuerda.

Esto fue un lago, un enorme lago que de existir todavía tendría sumergidas en sus aguas colonias como la Roma, todo el norte de la Ciudad, Lo que es el aeropuerto y colonias aledañas, únicamente sobresalía de las aguas el cerro que llamamos, Peñón de los Baños. Un bello y hermoso lago del que las antiguas litografías, grabado y pintura dan cuenta.

Olvidemos las maledicencias contra autoridades, no porque sean mediocres y desobligadas, contra los elementos, que no podemos encontrar y aunque soy empático con el refunfuñar y el malestar cuando la lluvia nos pilla fuera de casa, mejor abracemos la lluvia con la que Tlaloc, dios protagónico de nuestra ciudad, intenta hacernos recordar la grandeza del lago que la vio nacer.

Dejó un pequeño poema del gran Efraín Huerta titulado Tlaloc:

Sucede
Que me canso
De ser Dios
Sucede
Que me canso
De llover
Sobre mojado

Sucede
Que aquí
Nada sucede
Sino la    lluvia
lluvia
lluvia
lluvia

 

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